Una mochila con estilo

3 mayo 2014

Salir al campo es siempre una alegría y una aventura. Hace tiempo que tres exploradoras, Ángeles, Peque y yo, pateamos sotos, bosques, lomas y hasta algún pico en busca de confraternidad, naturaleza, andanzas, leyendas y, por supuesto, de evocaciones históricas.

 

Nos acompañan dos perros: “Linda”, pura inteligencia y oficio, y “Pancho”, todo derroche y olfato. Aprendemos mucho de ellos. Tan pronto van delante como van detrás, suben y bajan laderas persiguiendo a todo lo que se mueve. Y es curioso, cuando vamos en fila india siempre nos adelantan por la izquierda y, en cuanto empieza a atardecer, la perrita se sitúa al final y cierra la marcha. Son una delicia.

 

La mochila es algo “fascinante”. Llevamos años acondicionándola y siempre echamos de menos algún complemento o accesorio. “Ay, podíamos haber cogido…”. No falla. La frase suele caer a mitad de mañana.

 

Tenemos suerte, somos féminas y ninguna se queja del peso que van ganando las mochilas con los años (sabemos que han de ser livianas y que no deben sobrepasar la quinta parte del peso de cada cual). Pero, bueno, es tan sencillo como dividir todo lo seleccionado entre tres. Prácticamente lo hemos conseguido, llevamos unos macutos fetén sin pretender ser auténticos sherpas. Aunque también hemos comprendido que cada lugar es diferente, por eso siempre nos faltará algo en particular para ese momento y paraje especial.

 

Nuestra última adquisición ha sido la parejita de walkie-talkie (los teléfonos móviles se quedan sin cobertura), sencillitos, con pocos botones, menos peso y sin complicaciones, es decir, de chicas: hablar y escuchar, no necesitamos programarlos para ver la final de la Champion, etc. Esto nos permite varias cosas; las más práctica, dividirnos sin perder el contacto y sin tener que gritar como los apaches –eso no es de señoritas exploradoras- ni, por supuesto, molestar a la fauna; y la mejor, tontear de vez en cuando con el “cambio”, el “corto”, el “alfa base” y demás vocablos marciales. Usamos nombres falsos –por aquello de que pueda andar algún forestal cerca pegado a su emisora-  pero risas verdaderas.

gafas oakley la sierra con estilo

Gafas Oakley de Centro Óptico Alpedrete

De mi puño y letra, y de parte de mis compañeras de perrerías agrestes, es nuestro deseo transmitir a los amantes de esta bella sierra de Madrid ciertos conocimientos mochileros. Así que, lápiz y papel, o memoria, para el que guste de seguir leyendo.

 

Hemos elaborado una lista concienzuda de “lo imprescindible”. Antes de salir vamos depositando todo ello en una mesa y repasamos su estado. Empecemos.

  1. mochila zizianil la sierra con estilo

    Mochila Zizianil

    Gorro, gorra, etc. Los hemos probado de todas clases, hasta tipo Lawrence de Arabia, y cada una ha dado con su estilo y necesidad. La pamela aún no la hemos incorporado; es que “no lo vemos”.

  2.  Gafas de sol y graduadas (si se necesitan). LLevan un cordón, así seguro que regresan con nosotras.
  3.  Bastones. Ayudan mucho, sobre todo en las subidas. Tienen además otros usos prácticos, como el de apartar ramas, etc. Hay una de nosotras con tal dominio y pericia que es capaz de atusarse la coleta con ellos en la mano.
  4.  Un pañuelo americano. Da bastante juego; por ejemplo y en días de calor, si lo humedecemos y lo ponemos alrededor del cuello, alivia mucho. Hemos elegido el color rojo por aquello de poder hacer señales en caso de posible emergencia.
  5.  Guantes de cuero. A veces hay que apartar arbustos, o bien cogemos alguna piedra para mirarla, etc.
  6.  Chubasquero.
  7.  Espejo. Hay que ver la cantidad de motitas que se meten en los ojos…, y no es broma. Sobre todo en los días de viento.
  8.  Calcetines de repuesto. Esto se nos olvida siempre.
  9.  Zapatillas “cangrejeras” y alguna toalla pequeña. Solo lo incorporamos cuando sabemos con certeza que vadearemos algún río.
  10.  Navaja multiusos.
  11.  Cuerda. Muy útil para intentar o hacer “habilidades” al cruzar un río, por ejemplo; o bien atar las mochilas y tirar de ellas desde un nivel superior, etc. No es que seamos escaladoras, pero ya nos hemos encontrado con algún paso muy estrecho o peculiar en el que era más seguro y cómodo quitarse la mochila.
  12.  Una ramita de un arbusto, porque hay días que las moscas están muy pesadas. Te coge una nada más salir del coche, sube la montaña contigo y vuelve a bajar en tu hombro; es curioso.
  13.  Prismáticos.
  14.  Cámara de fotos y teléfono móvil.
  15.  Algún mapa o navegador -y sabemos utilizarlos- que hay que acompañar de brújula y lupa.
  16.  Linterna. Tenemos la suerte de frecuentar parajes en los que hay muchas cuevas. Cuántas cosas se observan y se intuyen en ellas…
  17.  Silbato. Ante alguna posible situación de emergencia. Peque lleva uno especial para llamar a los perros.
  18.  Bolsas de plástico. No hay que dejar ni un solo papel en el campo. En la naturaleza no debe quedar rastro humano. Tienen además otras utilidades, como aislar objetos de la humedad.
  19.  Tiritas y… agua de colonia. La colonia nos facilita dos usos: desinfectar pequeñas heridas y “reorganizarnos” tras la caminata; no podemos reponer líquidos en un bar entrando, digamos, como animalillos monteses. De todas formas, hay que recordar que lo indicado para una herida es lavarse con jabón neutro.
  20.  Otros asuntos de higiene personal. Ahí ya cada una… En el bolso/a de una mujer nunca se mira.
  21.  Medicamentos; los que cada cual necesite.
  22.  Una venda elástica; hasta ahora no hay partes médicos de esguinces.
  23.  Toallitas húmedas y pañuelos de papel.
  24.  Cacao.
  25.  Crema para el sol.
  26.  Repelente de mosquitos y lápiz de amoniaco para picaduras.
  27.  ¡Comidita! Frutos secos, dulces y salados; pesan poco y dan energía. Algo de fruta y… ¡bocadillos! La coyuntura “hemos llegado-bocadillo-tertulia” es el mejor; surrealismo silvestre.
  28.  Agua y caramelos.

 

Y a disfrutar y compartir el planeta Tierra, porque la humanidad no lo tiene en exclusiva. Respetamos los cercados y dejamos las vallas de cierre tal y como las encontramos, utilizamos senderos para cruzar tierras de labor o bien caminamos por los márgenes, no acaparamos frutos silvestres y no molestamos a la fauna salvaje.

 

¡Ah! Hay algo que no se puede olvidar en casa (y a veces lo hacemos aunque los llevemos puestos): la vista, el oído y el olfato. Mirar la armonía de las montañas, sentir la naturaleza, escuchar sus sonidos -el agua, el viento, las aves-,  y percibir sus esencias. ¡Qué paz! Ese momento en el que “todo” queda tan lejos…

Por Julia Rivera | @j_riveraflores

 



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